domingo, 12 de diciembre de 2010

Morir de Amor

Siempre he dicho que un corazón soñador se muere soñando entre sus propias sábanas ingenuas, entre la magia y las mentiras que ocultan el áspero sabor de la realidad.
Pero qué pasa cuando este corazón es violentado y se parte en dos, tres o cuatrocientos millones… ¿A dónde se van los sueños e ingenuidades?
Siempre me pregunté qué se sentía cuando el corazón se partía… Nunca nadie me dio una respuesta tan real y cruda como la que ahora experimento en carne propia. Algo se te parte en tantos pedazos que ya no los puedes contar, y todos ellos se te esparcen por la totalidad del cuerpo como queriendo escapar de él, con la ilusión de hallar un lugar menos oscuro y desafortunado que el desgraciado que las acapara. Los pulmones se empiezan a contraer tan rápido que ya no sabes si respiras o gimes de dolor; la presión te ahoga, te cohíbe, te obliga a ser un cadáver momentáneo que tiene que mantenerse vivo con la sola voluntad de no caer frustrado ante el amor.
Dentro de ti se mueve una avalancha de sensaciones enemigas, de esas que solo llegan cuando tienes los hilos descuidados y estas maliciosas se apoderan sin piedad de lo poco que queda de ti en ese momento. Ahora dejas de ser el que eras y te conviertes en un esclavo del dolor y el desamor, solo actúas por instinto, y el instinto lo dominan tus ventrílocuas, las maliciosas sensaciones.
Toda tu razón esta anestesiada: No piensas, solo sientes, y sentir sin pensar es peligroso. Cometes locuras, hablas tonterías, pretendes llorar, pero no tienes lágrimas; quieres gritar pero no tienes voz; intentas golpear pero no tienes fuerza. Estás limitado, estas debilitado. Sientes que te falta algo.
Cuando la razón despierta, notas lo patético que fuiste, sientes el vacío que tienes en el pecho, despiertas de una pesadilla, una en la que se te quedó un pedazo de alma, un trozo de cuerpo. Pretendes ser fuerte, pretendes alimentar tu orgullo alentándote a evadir el dolor, con la banal idea de que nadie se ha muerto de amor.
Si se te para el corazón padeces de un infarto: tu sangre deja de bombear y tu cuerpo deja de vivir. Estás clínicamente muerto. Pero… Y si se te parte el corazón en pedacitos y sientes que en él no hay vida ni razón de palpitar… ¿Cómo se le llama a ese tipo de muerte?

Mi Suelo

Hoy mis zapatos arrastran el pesar de un suelo viejo y abandonado; recorrido una y mil veces por millonadas de pasos y manchado vanamente por las huellas de un pasado inolvidable…
Un suelo por el que una vez corrió el niño en zapatos de goma persiguiendo sueños de noche y luciérnagas en el día… En el que las medias del joven se deslizaron un día patinando sobre el polvo para huir de los problemas… Un suelo untado de aromas de toda clase y olor, que inmortalizan los pasos invisibles del primer amor sobre esa baldosa especial marcada con el recuerdo del primero de los besos.
Ese suelo frío y resistente que soportó el peso de aquél desgraciado iracundo que fuertemente taconeaba sus penas al severo ritmo de un flamenco sin fin. Aquél suelo que fue lavado tantas veces con las lágrimas del triste que a pocos pasos andaba y en los vacíos rincones hacía mella a las huellas que dejaba sepultadas en la oscuridad de su sombra agachada y preocupada por el infeliz que lloraba.
El suelo por el que anduvieron las botas de aquél alegre viajero que se paseaba de lado a lado pisoteando bruscamente y con arraigada alegría mientras repasaba una a una sus aventuras de vida. Suelo que escuchó el chillido de las sillas en las reuniones familiares, donde todos calzaban distinto, pero marchaban iguales. En el que una vez se regaron las huellas de todos aquellos que alguna vez le pasaron por encima, de todo el que ocupó un sitio importante y dejó su marca plasmada; y también de los muchos otros de los que solo queda una marca translúcida casi olvidada.
El mismo suelo en el que alguna vez bailó el amor vestido de príncipe azul, que con porte y elegancia dibujaba el vals del felices por siempre y prometía danzar eternamente y sin descanso hasta el final de los días.
Un suelo que recuerda mi esencia por la forma de mis huellas, el peso de mis zapatos o el sabor agridulce de mi líquida tristeza… Suelo viejo y jamás limpiado que guarda todo mi pasado, que marca mi presente y ansía palpar mi futuro. El que recibió una vez la compañía de tus pasos, que aunque distintos, fueron invitados a compartir todas esas pisadas mías y de los míos, como si fueran tuyas y de los tuyos…
Tus pasos, con los que caminé persiguiendo el mismo norte, aún danzando el vals del amor y todavía vestido de príncipe azul… Creyendo que ahora habría un camino de cuatro pisadas con rumbo a la eternidad.
Ahora solo puedo contemplar… Más allá de la suciedad, las telarañas y las huellas olvidadas, como tus zapatillas se rompen y tus pasos recientes se alejan de mí y te empiezas a fundir entre las pisadas fantasmagóricas… Dejando algunos pasos fuertes que me mueven el recuerdo de cuando andábamos juntos y marchándote, como todos los demás, dejando mis pasos de nuevo en un caminar de dos huellas. Dejando que sea yo mismo quien siga pisando este lugar hasta que haya otro caminante de vida o algún nuevo bailarín que me prometa de nuevo el vals del amor eterno. El que dura hasta el día en que se rompen los zapatos de baile.

Alexander

No obstante la eufonía persistía,
Cuando aquél hombre se resistía,
Pero cuan más no podía,
Terminaba por ceder.

Las notas perturbaban su sueño
Mágicas notas del despertar
Como si no tuviesen un dueño
A quien poder descontrolar.

El frío se tornaba intenso,
Pero yacía una calidez en su centro
Él ya estaba despertando
Y ella seguía cantando.

La voz rompía el letargo
Y la carcasa se abría
No sabía que aquél día
Se fuera él a enamorar.

Fue tan fuerte la pasión,
Que no había remedio alguno
Que hiciera que éste oportuno
Dejárosla de adorar.

La obsesión era tan fuerte
Que decidió para ella
A su ser amado matar.

¡Ten! Tenedlo para siempre
Ya no os lo van a quitar.

Leona

Leona oscura, misteriosa,
Iracunda, libidinosa.
De mirada penetrante,
Haz lujuria con tus ojos
Y enamora mis sentidos…

¡Acércate!
Siente el olor de mis cabellos,
Palpa el sudor de mis manos,
Prueba despacio mi lengua,
Siente el sabor de mi deseo…
¡Bebe de mi lujuria!
Sacia ya tu sed de sexo…

Devórame con pasión los labios
Como lo hiciste aquel día.
Hechízame pronto el cuello,
Hazme sentir tus colmillos.
¡Despacio!... Incrústalos en mí.
Convierte tu placer en el mío…